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lunes, 15 de junio de 2015

El Mundo:Podemos Tintín


Los lectores de las aventuras de Tintín, millones en todo el mundo, reconocen inmediatamente la palabra Moulinsart, el mítico castillo propiedad del capitán Haddock en el que viven varios de los protagonistas y en el que se desarrollan tramas completas como 'Las joyas de la Castafiore'.

Pero para los aficionados de verdad, los 'tintinólogos', la palabra Moulinsart tiene otras connotaciones mucho más profundas y en buena parte poco agradables. Tras la muerte de Georges Prosper Remi (Hergé) en 1983, su legado y los derechos de autor de su obra han estado administrados por su viuda, Fanny Vlamynck, a la que conoció a mediados de los 50 y con la que se casó en 1977 tras divorciarse de su primer mujer, Germaine Kieckens.

Fanny heredó los derechos de autor de Hergé, y se hizo cargo primero a través de la Fundación Hergé y Studios Hergé. En 1993, Vlamynck se volvió a casar, con el británico Nick Rodwell, un 'fan' de Hergé que abrió la primera tienda sobre Tintín en Reino Unido. Y ya como Fanny Rodwell, desde 1996, ambos han gestionado con mano de hierro el legado y una fortuna multimillonaria través de Moulinsart S.A.

En los últimos 20 años, la firma se ha hecho célebre por su persecución implacable de todo uso, comercial o no, de la marca Tintín o cualquiera de sus derivadas y personajes. Ha puesto cientos de denuncias, pleitos, demandas y amenazas por todo el mundo. A grandes empresas y a particulares, a sociedades de autores y a pequeños clubes de admiradores.

Presiona y persigue a todo el que use el nombre o cualquiera de las imágenes o "pervirtiera" su legado con homenajes. Para poder usar a Tintín, la marca o los dibujos, incluso para publicaciones privadas sin ánimo de lucro, es necesario pasar por caja. Sin concesiones ni clemencia a sus millones de fans.

Venda a Tintín

Los tentáculos de Moulinsart llegan a todas partes y no admiten matices. Tras la muerte del genio, en 1983, se especuló con la posibilidad de que su viuda vendiera los derechos para desligarse de su recuerdo, pero ella siempre lo ha negado. "Qué horror. La idea de que su obra se dilapidara me resultaba insoportable", explicaba en una entrevista con el diario 'Le Soir' en 2013, en el 30 aniversario de la desaparición de Hergé.

Ella se quedó la Fundación y los Estudios Hergé, que dieron paso a Moulinsart. En sus estatutos se establece que la sociedad anónima "está encargada de la explotación comercial de la obra de Hergé" y que "ejerce sus actividades en diferentes sectores: el textil, el de objetos (estatuillas, juguetes), las ediciones de sus libros, la papelería y los soportes multimedia (internet, aplicaciones y producciones audiovisuales).

Moulisart, bajo ese marco, tiene acuerdos con numerosas empresas. Y es quien fija las -draconianas- condiciones. Lo recuerdan bien, por ejemplo, los miembros de la que fue Associació Catalana de Tintinaires, a los que los Rodwell obligaron a cambiar de nombre bajo amenaza de pleito. Al final escogieron como nombre 1001, que en catalán se pronuncia mil-ú, el nombre del perro de Tintín.

En 2008, para conmemorar el nacimiento del dibujante, Ediciones De Ponent publicó 'El Loto Rosa', una obra con ensayos y relatos de ficción. Con el permiso de la empresa belga. Entre ello, había una ucronía distópica con Tintín en depresión, sus amigos alcoholizados e internados y su perro muerto, de Antonio Altarriba e ilustrada por Ricard Castells y Hernández Landazábal. Los abogados de Moulinsart presionaron tanto a la editorial como a las grandes superficies para la retirada del libro por considerar que "pervertía" el trabajo de Hergé. Y a pesar de que no había infracción legal, las partes acabaron llegando a un acuerdo para no reeditar el libro tras agotar sus primeras 1.000 copias.

Las cifras que mueven Tintín son astronómicas .Fanny Rodwell es la fundadora y mecenas del Museo Hergé, un espectacular edificio en Lovaina la Nueva, a 30 km de Bruselas, con una inversión de 15 millones de euros. La entrada cuesta 9.50 euros. Pero incluso en la inauguración, en 2009, se impidió a los cámaras y a los fotógrafos tomar imágenes, una decisión que generó una enorme polémica y muchas críticas.

Según el 'Sunday Times', la pareja Rodwell tenía en 2011 una fortuna de 64 millones de libras, más de 70 millones de euros. Que aumentó gracias a un buen pellizco con la película de Spielberg.

Hace unos años, la primera edición de un Tintín en América se vendió por 1,3 millones de euros. Y el año pasado, otra, en París, por 2,1 millones. En 2009, un coleccionista anónimo pagó tres millones de euros por una página original de 'Las joyas de la Castafiore' hasta 312.500 euros. Y la editorial vende cada año más de un millón de ejemplares de los álbumes.

A diferencia de otros grandes autores, Hergé dejó muy claro que a su muerte no quería nuevas aventuras de Tintín. Los protectores de su legado han cumplido escrupulosamente, pero en 2013 avisaron de que, quizás, dentro de cuatro décadas, sea necesario romper su promesa.

La editorial Casterman y la sociedad Moulinsart, explicaron entonces que tienen prevista la publicación de un nuevo libro de aventuras de Tintín como tarde en 2052, para evitar que la marca Tintín pase a ser de dominio público al cumplirse los 70 años de la muerte del dibujante.

Ambas partes fueron muy claras. "Hergé no quería que otros crearan nuevas historias del personaje, pero lanzaremos una novedad un año antes de que la obra caiga en dominio público para proteger y promover" el legado de Hergé.

Y esa era la historia hasta la semana pasada, cuando una sentencia de un Tribunal holandés ha revolucionado el mundo del comic.

El caso comienza con un pequeño club privado, y sin ánimo de lucro, de 'fans' holandeses, la Hergé Genootschap (Sociedad Hergé). Sus componentes editan cada cuatrimestre una pequeña publicación, la 'Duizend Bommen' (derivada del clásico "Mil rayos" de Haddock"), con ficción y viñetas de Tintín.

El club y Moulisart tenían un acuerdo, remunerado, que la revista quiso romper. El club y la firma fueron a los tribunales. Parecía un caso imposible, hasta que apareció un documento de 1942 que, según los admiradores, cambia para siempre el legado de Hergé. O no.

Según la corte de La Haya, los derechos de Tintín no pertenecen a los herederos de Hergé, a los Rodwell, pues el papel que ha aparecido constata que el artista cedió los derechos a su editor. "Aparece en un documento de 1942. Herge dejó los derechos para publicar los libros de las aventuras de Tintín al editor Casterman, así que Moulinsart no es la que decide quién puede utilizar el material de los libros".

Las oleadas de júbilo de los aficionados han sacudido los foros esta semana. Pero quizás de forma precipitada. "La gran pregunta es si otros club de fans tienen que continuar pagando a Moulinsart. Quizá un juzgado belga tiene que realizar una sentencia similar para que entre en vigor en Bélgica", aseguró Stijn Verbeek, secretario de la Hergé Society, en declaraciones recogidas por France Press.

El problema es que Moulisart nunca ha puesto en duda a quién pertenecen los derechos de reproducción. En una nota enviada a los medios esta semana, la empresa se declara "asombrada" por la "confusión" del tribunal holandés. Y explica que "el contrato entre Ediciones Casterman y Hergé especifica que la editorial tiene los derechos de publicación en papel y en todos los idiomas de Las aventuras de Tintín", pero que "todos los derechos restantes, incluyendo el derecho de explotar de forma separa extractos de los libros, son propiedad de Hergé".

Por ese mismo contracto, explica la sociedad de los herederos, "únicamente Ediciones Casterman tiene los derechos para la publicación en papel de Las aventuras de Tintín" y "sólo Moulinsart S.A.. puede explotar o autorizar la reproducción de los dibujos y extractos de los libros con la imagen de Tintín el resto de personajes del universo Hergé".

La empresa ha anunciado que apelará la decisión inmediatamente, pues no comprende cómo la corte no tiene en cuenta ese detalle. Y dejan entrever en privado que el problema puede ser meramente formal, obligando a que en determinados casos tenga que ser la editora la que denuncie o vaya a juicio, y no la sociedad.