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jueves, 16 de enero de 2020

Un lugar para Tintín


Las palabras de Hergé antes de iniciar una nueva aventura de Tintín eran: "Tengo una idea, o mejor aún, como siempre, tengo un lugar". Así lo revela Eduardo Martínez de Pisón, geógrafo y trotamundos de pro, en su curiosa aproximación al universo del reportero más famoso de todos los tiempos, centrada no en lo que cuenta, sino en dónde. Y, en efecto, quien conoce las eternas historietas no tendrá más remedio que concederle la razón: porque, como muestran las propias portadas, las peripecias y los personajes que las encarnan están ya como contenidos en los paisajes, desiertos, junglas, glaciares, por los que se desplazan, de modo que, más que un decorado para la trama, muchas veces éstos parecen constituir la trama misma y su tuétano. Que, más allá de un rato inolvidable de entretenimiento y un viaje a los paraísos perdidos de la nostalgia, Tintín ofrece un primer acercamiento a la geografía, humana, física, espiritual para los no iniciados: ese es el punto de salida de Martínez de Pisón.

La cartografía tintinesca constituye un catálogo de todos los escenarios de aventuras que fatigó con fortuna la novela del siglo XIX y principios del XX. Los mares de Stevenson, la India de Kipling, la convulsa Europa central de El prisionero de Zenda son los combustibles últimos de esas peripecias donde el sempiterno héroe del flequillo busca tesoros en las profundidades, persigue gángsteres o se enfrenta a perversas sociedades secretas de capuchones violetas. En sus historias importa más la mitología que el verismo, a pesar de que (como muy bien refrenda de Pisón) su autor, Hergé, se tomara un ímprobo trabajo de documentación antes de emprender cada una de ellas.

Así, tenemos que la URSS de Tintín en el País de los Soviets, denostado durante décadas como un panfleto anticomunista de trazo grueso, debe más a la propaganda católica que al reportaje hecho y derecho, y que en Tintín en América (por no hablar de la también vergonzante incursión en el Congo) los decorados alternan entre rascacielos y praderas con una sospechosa falta de escrúpulo topográfico. Esta astrosa manera de proceder, de cualquier modo, daría un vuelco con el que se considera el primero de los álbumes capitales de la serie, donde su protagonista se viste de largo, el justamente memorable El Loto Azul.

Otros títulos de prosapia más o menos periodística le seguirían en el curso de los años, como Stock de coque, donde se denuncia el comercio esclavista en el Mar Rojo, o Tintín en el Tíbet (el favorito de Martínez de Pisón), minucioso y sutil en la descripción casi antropológica de la vida en el Himalaya, pero El Loto Azul sigue constituyendo el hito fundador, como sabe todo tintinólogo que se precie. El Shanghai de los años 30 aparece retratado en sus páginas con una nitidez que ya querrían muchos folletos turísticos de la época, y lo mismo la coyuntura sociopolítica: asesorado por su amigo Chang (sosias del Chang de la ficción), escultor chino residente en Bruselas con quien compartió horas de paseos y confidencias, Hergé llegó a cubrir sus viñetas de cartelas con ideogramas donde se leen, en mandarín, proclamas de libertad y protestas de odio al ejército japonés de ocupación. Este álbum, como los otros citados más arriba, constituyen el contrapunto realista a esa barra libre de la imaginación que son los países imposibles: Syldavia y Borduria, en una vaga Europa del Este; San Theodoros, el Nuevo Rico, en Sudamérica; el Khemed, en la Península Arábiga.

El librito de Martínez de Pisón, altamente recomendable tanto para tintinófilos de solera como para quienes aspiren a serlo, propone un recorrido por la bibliografía del héroe, título a título, recalando en sus ubicaciones y las características que son propias a cada uno: clima, vegetación, orografía, paisajismo. Dotado de un sólido bagaje crítico (no han de faltar las referencias a Peeters, Farr, Baudson, y, en nuestro idioma, a la obra puntera de Fernando Castillo), el autor se complace en encontrar juguetonas semejanzas entre detalles de algunas de las historias con películas, iconos y también héroes de tebeo del pasado que podrían serle vecinos, siempre con el encuadre geográfico como fondo. Aprendemos así, por ejemplo, que la vegetación abedular en ciertas viñetas de Tintín en América traiciona a la ciencia, pero que sin embargo la sombra de los roquedales de Tintín en el Tíbet merecerían el aplauso de las academias. El epílogo contiene, por cierto, una de las iluminaciones más certeras que sobre el personaje se ha dado en su larga literatura: "Podemos preguntarnos dónde estaban los ejemplos universales de las selvas, los desiertos, los ríos, las ciudades, hasta que Hergé los seleccionó". Sin ninguna duda, estamos de acuerdo.