Noticias
Artículos
Podcast
No podía ser de otra manera: desde el Festival de Cómic Europeo de Úbeda debíamos dedicar unas líneas a lo que ha sido el álbum número 41 de las aventuras de Astérix y Obélix, publicado en octubre del año pasado bajo el título Astérix en Lusitania. El álbum apareció siguiendo la cadencia habitual de la serie en esta nueva etapa, con una periodicidad bienal que ya se ha convertido en norma desde la desaparición de sus creadores originales.
Como todos los lectores saben, Astérix en Lusitania ya no cuenta con la participación de René Goscinny y Albert Uderzo. Tras el fallecimiento de Uderzo en 2020, en plena pandemia, el dibujo volvió a recaer en Didier Conrad, quien se ha consolidado como el heredero gráfico de la serie. Conrad ha sido responsable de títulos recientes como Tras las huellas del grifo o Astérix y el Lirio Blanco, y, en lo estrictamente visual, su trabajo sigue demostrando un profundo respeto por el estilo clásico, al tiempo que introduce pequeños matices personales que funcionan con bastante acierto.
En el apartado del guion, Fabcaro repite por segunda vez como responsable de la historia, tras su debut en Astérix y el Lirio Blanco (2023). Jean-Yves Ferri fue el guionista de los cinco álbumes publicados entre 2013 y la llegada de Fabcaro. Y es precisamente aquí donde, al menos desde mi punto de vista, comienzan los problemas.
Antes de entrar en materia, conviene aclarar que esta reseña llega con cierto retraso. Lo habitual habría sido publicarla coincidiendo con el lanzamiento del álbum en la página del festival, pero entre actividades de la asociación, trabajo y un comprensible cansancio acumulado, no ha sido hasta estas pasadas Navidades cuando he podido sentarme a leer el volumen con calma y sin prisas.
La premisa argumental es, en apariencia, prometedora. A la aldea de los irreductibles galos llega un viejo conocido de la serie, el mercader fenicio Espigademaíz, acompañado en esta ocasión por un lusitano llamado Venagaes. Este último ya había aparecido en el albúm La residencia de los dioses, donde conoció de primera mano la fuerza y el ingenio de Astérix y Obélix. Ahora regresa para pedir ayuda: un amigo suyo ha sido acusado injustamente de intentar envenenar a Julio César con garum.
Sin demasiadas dudas, Astérix, Obélix e Ideafix se embarcan rumbo a Lusitania —territorio que en época romana se correspondería aproximadamente con el actual Portugal— con el objetivo de esclarecer los hechos, descubrir quién es el verdadero responsable de la conspiración y limpiar el nombre del acusado. Hasta aquí, todo encaja perfectamente dentro del esquema clásico de la serie: viaje a tierras lejanas, encuentro con una cultura distinta, romanos de por medio y una injusticia que corregir.
Sin embargo, durante la lectura tuve en todo momento una sensación extraña, difícil de ignorar. Quizá esa sea una de las razones por las que he tardado tanto en escribir esta reseña. Ya El Lirio Blanco me dejó bastante frío, especialmente a nivel de guion, aunque no así en el apartado gráfico. Y, lamentablemente, Astérix en Lusitania no solo no mejora esa impresión, sino que la acentúa.
Didier Conrad sigue cumpliendo con nota: los paisajes, los escenarios y los personajes están magníficamente resueltos, y la ambientación portuguesa —arquitectura, vestimenta, detalles culturales— está tratada con mimo y respeto. No hay ninguna queja en ese sentido. El problema es que el guion de FabCaro no está a la altura de lo que se espera de una serie con más de sesenta años de historia.
La historia avanza con una sensación constante de piloto automático, una expresión que he visto repetida en numerosas reseñas a lo largo de estos meses y que define muy bien el resultado final. Todo es previsible, correcto, pero carente de sorpresa o verdadero ingenio. Se incluyen los elementos habituales: referencias a la gastronomía local (el bacalao), la música (los fados), el carácter portugués… pero todo ello se queda en la superficie, sin lograr momentos memorables ni gags realmente brillantes.
Incluso escenas que podrían haber dado mucho más juego —como el momento en el que Astérix y Obélix se disfrazan para hacerse pasar por lusitanos— pasan sin pena ni gloria. No provocan carcajadas ni dejan huella, algo especialmente llamativo en una serie que siempre ha destacado por su humor inteligente y su capacidad para sorprender.
Personalmente, sigo pensando que FabCaro no es el guionista adecuado para Astérix. Disfruté muchísimo más con el trabajo del guionista anterior, y considero Tras las huellas del grifo una de las mejores obras de la etapa posterior a Goscinny y Uderzo. No es una opinión aislada: tanto la crítica francesa como la española coinciden en señalar que FabCaro se limita a reproducir los esquemas clásicos sin aportar frescura ni profundidad, aferrándose a un conservadurismo que, tras 41 álbumes, empieza a resultar insuficiente.
Y aquí es donde aparece, quizá, la verdadera pena de todo esto. Porque, independientemente de la insatisfacción personal o de que las expectativas no se vean cumplidas, Astérix sigue funcionando extraordinariamente bien como cómic. Hablando recientemente con uno de los libreros de la ciudad de Úbeda, me comentaba la gran cantidad de ejemplares de Astérix en Lusitania que ha vendido a lo largo de estos meses, hasta el punto de haber tenido que reponer el álbum en dos ocasiones. Aunque no dispongo de cifras exactas, entendí que en una sola librería de una ciudad como Úbeda podrían haberse vendido perfectamente entre 50 y 60 ejemplares.
Esto demuestra algo muy claro: Astérix sigue siendo un personaje vivo, con lectores fieles que continúan comprando cada nueva entrega, con padres que siguen regalando estos álbumes a sus hijos —especialmente en fechas como la Navidad— y con nuevas generaciones que se acercan por primera vez a estas historias. Precisamente por eso, desaprovechar un vehículo tan poderoso dentro del cómic europeo para contar una historia tan poco inspirada resulta preocupante.
Astérix y Obélix no dejan de ser buques insignia del cómic europeo, y si no conseguimos que sus aventuras entusiasmen no solo a los lectores veteranos, sino también a los nuevos, no estamos ayudando al medio. Por supuesto, es evidente que Astérix es una marca, un negocio, y que existe una planificación editorial que marca la publicación de un álbum cada dos años. Pero quizá habría que plantearse seriamente que si no hay una buena historia detrás, no hay una verdadera necesidad de seguir publicando. A veces, esperar un poco más y ofrecer un guion sólido y memorable es la mejor forma de honrar a unos personajes que han marcado la historia del cómic.
En definitiva, Astérix en Lusitania es un álbum correcto, visualmente atractivo y respetuoso con la tradición, pero narrativamente plano y fácilmente olvidable. Didier Conrad cumple sobradamente a los lápices, pero un buen dibujante no puede sostener por sí solo una serie de esta envergadura si el guion no acompaña. El resultado es un cómic que queda relegado a una posición discreta dentro del ranking general de las aventuras de Astérix y Obélix, lejos de los títulos que realmente han sabido mantener viva la magia de estos personajes inolvidables.





