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sábado, 14 de mayo de 2016

ABC:Mestres, el dibujante de la fantástica Naturaleza


Para comprender la evolución del dibujo en España es forzoso detenerse en la figura de Apel.les Mestres (Barcelona, 1854-1936), del que la Colección ABC atesora escasas obras, entre las que sobresalen dos portadas de «Blanco y Negro» de 1901 y 1902, y un par de historietas, medio del que fue uno de los introductores en España, en una de las cuales el texto del original aparece manuscrito en catalán.

A lo largo de su existencia, Apel.les desarrolló muchas actividades: músico (algunas de sus piezas gozaron de enorme popularidad en su momento); autor teatral, figurinista, escenógrafo, jardinero (consiguió una especie de hortensia gigante, y hay una variedad de rosa y otra de dalia que llevan su nombre); poeta (la figura que hace de puente entre Verdaguer y Maragall, según el profesor Joaquim Molas)… O dibujante, que es la faceta que aquí más nos interesa, en la que anuncia ya la eclosión del Modernismo en aquella Cataluña tan pujante económica y culturalmente.

Hijo de un notable arquitecto y formado en la Escola Llotja con Lluís Rigalt –figura mayor del Romanticismo catalán– y Antoni Caba, y más tarde con Claudi Lorenzale y Ramón Martí Alsina –uno de los mejores representantes del Realismo– comenzó su carrera profesional como dibujante en 1874.

Las dos personalidades clave en el dibujo catalán eran, para entonces, las de Eusebi Planas (que nos legó un fiel retrato de la sociedad del ochocientos) y Tomás Padró (tan valorado en su faceta de ilustrador como en la de dibujante satírico). Fue precisamente la muerte de este último, de tifus, a los treinta y siete años, lo que atrajo el interés de los editores hacia Mestres, en el que creyeron ver al más capacitado para suplir sus colaboraciones en «La Campana de Gràcia» a partir de 1877.

Pero Apel.les demostró enseguida a las editoriales que tenían que confiar en su propia personalidad estilística y emprendió una carrera febril que le llevó a crear cerca de cuarenta mil trabajos entre el momento de su inicio y el de su retirada en 1914, cuando empezó a perder la visión de su único ojo bueno, tras haber perdido la del otro catorce años antes.

En ese largo período libró varias batallas cruciales como profesional del dibujo: la permanente reivindicación de su quehacer como actividad artística, en contra de la concepción editorial (baste decir, por ejemplo, que al ilustrador de libros nunca se le proporcionaba toda la obra para que pudiera interpretarla, sino unas meras indicaciones sobre el motivo que se esperaba de él); la reclamación de la implantación del fotograbado como técnica reproductiva más fiel a la obra (Apel.les no cesó de quejarse, en sus comienzos, de las traducciones que hacían los litógrafos de sus espléndidos dibujos a plumilla); y, por influencia de ilustradores británicos como Walter Crane, la exigencia del libro como obra total en la que tipografía, encuadernación, composición de la página y dibujo habían de constituir un todo armónico y novedoso.

Colaborador de un gran número de revistas y diarios de la época, como la ya mencionada «La Campana», o «L'Esquella de la Torratxa», «Llumanera de Nova York», «La Honorata», «Hojas Selectas», «Barcelona Cómica», «La Semana Cómica», «La Esfera», «La Publicidad», «El Globo», «El Liberal» o «Blanco y Negro», nunca se sintió cómodo cuando tuvo que moverse en el registro satírico, en el que se veía forzado a renunciar a parte de su refinamiento, y prefirió la ilustración de obras literarias tanto ajenas como, sobre todo, propias.

Un universo propio
Con un pie en el Romanticismo y otro en el Realismo, lo mejor de su lenguaje surgía cuando mezclaba ambos al servicio de una fantasía merced a la que poner en pie un universo propio, en el que sus dotes de aventajado observador de la Naturaleza (muy en especial de flores e insectos) conseguían transportar al lector a una Arcadia un tanto melancólica en la que la contaminación de los humanos era mínima. Un interés que le llevó a introducir en nuestra ilustración el japonesismo, tras descubrir los grabados de aquel país en la Exposición Universal de Barcelona de 1888.

Y fue su afán también por captar el movimiento, a base de realizar obsesivamente dibujos del natural y de viajar a los lugares en los que transcurrían algunas de las obras que ilustró (como hiciera para su «Quijote» o para «El sabor de la tierruca», de José María de Pereda), lo que le llevó, tras conocer la obra del alemán Wilhelm Busch y del suizo Rodolphe Töpffer, a convertirse en un adalid de ese nuevo género secuencial que conocemos por historieta, de lo que dan fe algunos álbumes primorosos, como la serie «Granizada», «Cuentos vivos», o «Más cuentos vivos».

Acostumbrado a dibujar de pie sobre una mesa alta, después de que descubriera en París que así solía hacerlo Doré, la vista le jugó la mala pasada de tener que abandonar el oficio que más amaba, del que también son elocuentes sus once series de cromos para los chocolates Amtaller, y a volcarse en sus otras aficiones. Pero los dibujantes de la generación siguiente vieron ya en algunos de sus libros, como «Liliana» (1907), el camino expedito para una nueva estética.

Ahora bien, una de las obras que alberga mejor su espíritu es ese «Llibre vert», que comenzase a los diecinueve años, y que continuará en diversos volúmenes, donde se encierran los apuntes y las vivencias personales de 50 años de un hombre que amó sobre todo a su mujer (la francesa Laura Radenez, con la que se casó en 1885, para la que escribió los «Llibres d'expansions» hasta 1929, y que falleciera en 1920), la naturaleza y la paz (lo que le hizo tomar partido activo contra los alemanes durante la I Guerra Mundial, con poemas tan famosos como el «No passareu! La Canço dels Invadits», por todo lo cual recibiría la Cruz de la Legión de Honor en 1916 de manos del gobierno francés).

Murió el 19 de julio de 1936, en su casa del número 14 del Pasaje de Permanyer, un día después del estallido de nuestra Guerra Civil, seguramente pensando, como había escrito en uno de sus poemas, en que su gran orgullo sería que dijeran de él, por toda oración fúnebre: «Ha mort un home bo» («Ha muerto un hombre bueno»).