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domingo, 29 de mayo de 2016

El País:Tintín anarquista


No sabemos quién habrá soltado ese pastizal, pero ha sido Renaud, el cantante anarco de aquella Francia que llevó a Mitterrand a la presidencia de la República, quien vendió el pasado abril el original de Tintín por un millón de euros. Eran las dos páginas finales de El cetro de Ottokar, el álbum donde Tintín es definido, primero por la aristocracia de Syldavia y luego por la policía de ese reino, como “un joven anarquista”. Renaud se ha pulido esos dibujos y un montón más de la colección de originales de cómic que empezó a atesorar en los años ochenta. Le va bastante mal en muchos aspectos y, con la pequeña ayuda de sus amigos, lucha como puede por salir adelante.

El exjoven anarquista de la canción francesa, que el año pasado, al volver de la mani contra la matanza de Charlie Hebdo, se rasgó las vestiduras escribiendo la melancólica y apasionada balada (muy a lo Aznavour), J’ai embrassé un flic (yo besé a un poli). El cantautor que a continuación había dejado caer que estaría dispuesto a votar al conservador François Fillon. El rebelde sin brújula, cuya primera canción (la compuso con 16 años), Crève, salope (revienta, guarra; se refería a la autoridad), era entonada a coro en la Sorbona ocupada del 68. Un millón de euros es lo que un desconocido ha apoquinado en la subasta de los dibujos de Tintín.

Tintín es belga, como Jacques Brel, como Audrey Hepburn, gente de esqueleto delicado y drama profundo. Está más cerca Tintín del Manneken Pis que de la torre Eiffel. Es un chavalín que va por el mundo con gabardina de periodista. Entonces era el tiempo en que las gabardinas se llamaban trincheras porque aún llevaban pegado el fango de la guerra mundial (la primera, pero los primeros nunca saben que están siendo sólo el principio). La diferencia entre ser belga y francés. Ahí surge un precipicio donde cabe algo más grande que el mundo, que es una concepción del mundo. Tintín, el gran personaje del cómic belga, es urbano, capitalino, con una profesión moderna y militantemente cosmopolita. Los grandes personajes del cómic francés son dos aldeanos de la Bretaña, Astérix y Obélix, acaso un par de chuanes. Dos paletos que han dado la vuelta al mundo del Imperio Romano para volver convencidos de que todo lo que va a importar en el universo llevará la huella gala. Es la diferencia entre la urbe y el orbe.

¿A dónde va Tintín con tanto viaje? La URSS, el Congo, Estados Unidos de los gánsteres, el Egipto de los faraones, la China de los fumaderos, la Escocia del whisky, Syldavia, las arenas del desierto, el Ártico, el Perú de los incas, el golfo Pérsico, el ascenso a la Luna en persona y las inmersiones submarinas, solitarias carreteras en las montañas suizas, vuelta a Borduria, Petra, La Meca, el Tíbet y su yeti, volcanes en las islas del Índico, la Centroamérica guerrillera… Pero es que Tintín no va, huye. Tintín es el fugitivo permanente, por eso siempre le dibujan corriendo. Lleva la evasión en su sangre, en la tinta. Hergé, su creador, empieza a publicar series en el mismo año en que muere el rey del escapismo, el gran Houdini. Desde el primer momento, Hergé y Tintín tienen que huir porque están abocados al linchamiento. A Hergé le persigue la fama de reaccionario y colonial. Ha ridiculizado a los sóviets de Moscú, ha ridiculizado a los negros del Congo, tras la invasión nazi de Bélgica le acusarán, cuando menos, de haberse mostrado tibio si no de colaboracionista.

Los niños lo leen con pasión, los padres lo miran de reojo, los intelectuales lo desprecian. Hergé y Tintín van aprendiendo juntos a fuerza de frustraciones, de depresiones, de amores mal llevados. Porque Tintín no es un solo álbum de Tintín, así no hay manera de leerlo. Tintín constituye una obra integral donde cada álbum corresponde a un capítulo. Todo Tintín completo e inconcluso (pues al igual que El hombre sin atributos es una obra que quedó sin acabar) configura una sola historia de formación. Y porque los niños lo saben, son los primeros que quieren leer todos los álbumes juntos, seguidos. A la biblioteca, los niños no íbamos los sábados a leer Tintín, sino a leer tintines.

No le da tiempo a Hergé de escapar del linchamiento, de salvarse, porque tampoco le va a dar tiempo de terminar su obra. Muere en 1983, y en la Barcelona de 1984 la Fundación Joan Miró le monta una exposición por todo lo alto. Hergé había homenajeado antes al pintor catalán en un álbum de título complicado y enigmático: Stock de coque. El villano Rastapopoulos tiene colgado un miró en la cabina de su yate Scheherazade.

Pero entonces, en el orwelliano año de 1984, lo más emblemático de nuestra progresía creativa e intelectual le saldrá al encuentro al nombre de Hergé (pues el hombre de Hergé ya no está) y contestará con el Manifiesto contra la exposición Tintín y Hergé. Les ofende a los firmantes que se le haga caso a un tipo tan políticamente sospechoso, pero no quieren decirlo así. Esto otro es lo que argumentan: “En nuestras latitudes, donde los cómics aún no han conseguido el merecido prestigio oficial y popular que han alcanzado en otros países cultos, resulta sumamente peligroso para el reconocimiento adulto del noveno arte que la Fundación Miró elija, para su primera exposición monográfica de cómics, una obra con destinatarios infantiles y sin el rango estético suficiente para ser huésped de una entidad con un nombre tan ilustre”. Siempre traicionando a los niños. La cita, la noticia entera están disponibles en la hemeroteca online de EL PAÍS con fecha del 14 de septiembre de 1984.

Los alucinantes viajes de Tintín no son los viajes extraordinarios de Julio Verne, otro francés, otro satisfecho de sí mismo. Verne quiere explicar el mundo y Hergé quiere descubrirlo. Tintín es el descubrimiento del mundo, y por eso, en la que va a ser su última aventura terminada, Tintín y los pícaros, ocurre el hecho más trascendental en la biografía del muchacho. Ha dejado de llevar sus eternos bombachos, ya le da vergüenza llevar pantalones cortos, y aparece con vaqueros. El cuerpo cubierto y el mundo descubierto. Esto es lo que nos ha contado Hergé con su joven anarquista.