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lunes, 29 de agosto de 2016

El País:“Me gusta más el Hergé que se identifica con el capitán Haddock”


“Me gusta más el Hergé que se identifica con el capitán Haddock que el que se identifica con Tintín”, afirma Dominique Maricq (Rixensart, Bélgica, 1953), archivista en los Studios Hergé y miembro del Comité de Autentificación de la obra del historietista. Maricq es el autor de Hergé por él mismo, iluminador y conciso volumen que acaba de publicar Zephyrum Ediciones, una precisa introducción al arte y al pensamiento del genio francobelga para el profano, pero también un inesperado regalo para el iniciado, porque el autor reivindica aquí una faceta algo subestimada del padre del famoso reportero trotamundos: su condición de hombre de letras, autor de una ingente obra epistolar capaz de abordar tanto urgentes cuestiones profesionales como desvelos introspectivos.


“Conocía a la creación, pero no al creador”, continúa Maricq, “y gracias a mi trabajo en los Studios Hergé he descubierto al ser humano, con sus luces y sus sombras. Me interesa mucho su evolución, el camino que recorrió para abrirse al mundo. Formado en la fe cristiana y el pensamiento colonial, acabó convirtiéndose en un humanista con insaciable curiosidad por el mundo, ávido de conocer otras mentalidades y culturas. Me gusta más el Hergé que disfrutaba escuchando la música de los setenta —Pink Floyd, Bob Dylan, Bob Marley— que el que, de joven, se deleitaba con marchas militares. Hergé financió el primer concierto de Keith Jarrett en Bélgica”.


La obra epistolar de Georges Remi, Hergé, abarca 40.000 cartas: un corpus que la Fundación Hergé ha escaneado —“Los escáneres parecían verdaderas máquinas de guerra”, observa Maricq— para poner a disposición de los investigadores interesados en seguir indagando en el inagotable legado del maestro de la línea clara.

No obstante, esa sistematización no implica que el acceso sea libre: la Fundación se reserva el derecho de aprobar únicamente los proyectos de investigación sólidos, serios y bien documentados. Pese a que la bibliografía sobre Hergé es ingente —se han catalogado 300 obras sobre el historietista: un caso único en ese ámbito—, aún hay mucho territorio para la investigación: “Su correo aún no ha sido demasiado investigado. Tampoco su producción de dibujos para particulares, material que se halla fuera del patrimonio de la Fundación. También sería interesante indagar en la historia de las publicaciones de Hergé en otros países”.

Ambiciosa exposición

El próximo 28 de septiembre se inaugurará en el Grand Palais de París una ambiciosa exposición sobre Hergé, con el propósito de reivindicarle como uno de los más influyentes artistas visuales del siglo XX. La muestra también atenderá a su faceta como coleccionista de arte progresivamente interesado por las vanguardias. Coincidiendo con el acontecimiento, Zephyrum Ediciones publicará la edición española de Hergé y el arte de Pierre Sterckx, crítico de arte y amigo personal del creador, al que solía aconsejar en las adquisiciones para su colección privada.

En Hergé por él mismo se revela a un autor de fino sentido del humor en sus intercambios epistolares con los lectores, implacable en sus juicios profesionales sobre el trabajo de colaboradores o aspirantes y sabiamente resignado a las insistentes críticas ideológicas que le dedicaban quienes jamás supieron comprender que el autor de Tintín en el país de los soviets y Tintín en el Congo fue un hombre que supo evolucionar, como bien podría ejemplificar Tintín y los Pícaros: “Su modo de satirizar tanto a las dictaduras de izquierdas como a la de derechas deja claro que su único compromiso era la comedia”, precisa Maricq, asimismo autor del libro Hergé côté jardín, sobre el retiro rural del creador de Tintín mientras experimentaba la crisis del tránsito sentimental entre las dos mujeres de su vida —la rígida e idealizada Germaine y la joven Fanny—, se acercaba al psicoanálisis y flirteaba con la idea de fundar una comunidad de artistas.

¿Qué pensaría el historietista del mundo actual? “Si Hergé viviera hoy y conociera la expansión del integrismo, creo que su reacción sería parecida a la que podrían tener sus personajes Hernández y Fernández. Una parte de sí diría: ‘La situación es grave, pero no desesperada’. Y otra parte diría: ‘La situación es desesperada, pero no grave’. De lo que estoy seguro es de que hubiese acabado convirtiendo a Tintín en un ecologista, que lucharía por una cuestión esencial: que la Tierra continúe”.