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viernes, 5 de enero de 2018

'Astérix en Italia' la vuelta al encanto de Goscinny


La unión entre el guionista Jean-Yves Ferry y el dibujante Didier Conrad para glosar las nuevas aventuras de Astérix, partiendo por primera vez en mucho tiempo de la idea de preservar la candidez original de la obra, se ha saldado, por el momento, con tres álbumes fantásticos que han devuelto la dignidad al personaje y cuyo último título, Astérix en Italia, Salvat ha publicado recientemente.

Lo cierto es que, tras la muerte de su creador, René Goscinny, el hecho de que el dibujante Albert Uderzo se empeñara en seguir publicando él solo las correrías de los personajes en la Galia romana con guiones exclusivamente suyos que desvirtuaban la magia original, no hacía sino incomodar a numerosos seguidores que echaban en falta al genial parisino o a otros autores que recogieran el testigo.

Si la época gloriosa del personaje acababa de forma abrupta tras 24 fantásticos números por la muerte repentina de Goscinny de un infarto de miocardio, una etapa oscura empezaría desde entonces que, sin embargo, se inició con un aceptable volumen 25, La gran zanja, que albergaba tímidas esperanzas sobre las posibilidades literarias del dibujante, pero que iría cayendo en picado de forma progresiva en los sucesivos números en cuanto a calidad se refiere, con álbumes alimenticios, repletos de tópicos, mediocres en su mayoría, llegando incluso a publicar títulos tan infames y lamentables como El hijo de Astérix o El cielo se nos cae encima en los que Uderzo tocaban fondo y, de paso, acababa con una leyenda del siglo XX sustentada por conceptos olvidados como inocencia y sutileza.

Pues bien, la publicación de este Astérix en Italia pronostica una segunda edad dorada ya que sus autores muestran, de entrada, un gran respeto hacia uno de los iconos más importantes del noveno arte y un conocimiento exhaustivo acerca de su esencia. Claro está que tras la obra se encuentran dos autores tan solventes como Ferri y Conrad que han ido creciendo en cuanto a calidad de forma progresiva con los dos títulos precedentes, Astérix y los pictos y El papiro del César hasta la consolidación definitiva de su estilo.

Ya desde las primeras viñetas, el lector se introduce de lleno en una narración con todo el encanto de los títulos de los años setenta. Resulta que el senador Termosifonus denuncia en el senado el estado deplorable en el que se encuentran las vías romanas. Pero el encargado de las mismas, Lactus Fífidus, para desmentirlo, prepara una carrera de carros que atraviese toda la península itálica. Un inicio que tiene mucho de títulos tan deliciosos como Los laureles del César o La vuelta a la Galia, los dos álbumes clásicos en los que parece que Ferri se ha basado para realizar esta obra. También se vuelve a mostrar a los políticos romanos como una auténtica epidemia de incompetentes y corruptos. Pero es que, además, parece que el guionista de origen argelino, con su desenlace, ha querido hacer un canto contra los nacionalismos consciente de lo que ha ocurrido en España.

Porque como es natural César se toma esta competición como una manera de mantener la unidad de los pueblos de la Península itálica ya que va a estar abierta a "todos los aurigas del mundo conocido, incluido los bárbaros", como reza un manuscrito propagandísticos que recuerda al de La residencia de los dioses. Y, como no podría ser menos, todo esto llega a oídos de los habitantes de la aldea gala de Armórica, con lo que. Astérix y Obélix tomarán partido directamente. Y una vez más, todo esto no es más que otra excusa para hacer un divertido retrato de los pueblos del mundo antiguo ya que a la salida se puede ver cómo egipcios, godos, bretones, lusitanos e hispanos forman parte del concurso y donde también se homenajea a series televisivas como Los Autos Locos de William Hannah y Joseph Barbera o sagas cinematográficas como Los locos del Cannonball.

La trayectoria de los galos, naturalmente, estará llena de todo tipo de inclemencias, que son la excusa perfecta para mostrar muchas de las costumbres de los pueblos venecianos, napolitanos o florentinos haciendo mofa de sus rasgos identitarios, y con guiños a la cultura transalpina incluyendo imágenes que van de La Gioconda hasta ale mismísimo Pavarotti. Pero si hay un apartado que destaca por encima de todos es el fenomenal dibujo de Didier Conrad que sabe mantener la esencia de su predecesor, pero introduciendo muchos elementos de su estilo particular.

Los nostálgicos de la primera etapa del personaje verán la esencia de álbumes tan maravillosos como Astérix y el caldero o El regalo del César en los cuales la historia cobraba unos tintes fabulosos desde el punto de vista argumental, pero que se desarrollaban ágiles y sutilmente. Obélix vuelve a acaparar todo el protagonismo, siendo objeto de las partes más divertidas con sus inseparables menhires, su relación con la comida y su enfado constante con Ideafix. Más especialmente cuando, al tropezarse durante la carrera "con un contratiempo", evita toda una catástrofe al lanzar un trozo de piedra gigante que tapa la erupción de un volcán. Sea como fuera, este Astérix en Italia es un título exquisito, el mejor volumen que se ha publicado en los últimos 38 años. Una obra que confirma que Astérix recupera ese trono que nunca debió perder dentro del noveno arte mundial.