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jueves, 20 de septiembre de 2018

La guerra civil en el cómic



 «Tengo sed de robar y asesinar. Por algo soy rojo», se presentaba el protagonista de Un miliciano rojo, que Castanys caricaturizaba casi como un monstruo en las viñetas de la revista infantil Pelayos, cual «bruto comunista, animal cruel y sanguinario que torturaba a sus oponentes y asesinaba a mujeres y ancianos». En Flecha, su director, Aróztegui, ridiculizaba al adversario republicano, «sacando partido a la estupidez o la embriaguez de los milicianos», con el personaje de un joven falangista llamado Edmundo Vence Siempre a Todo el Mundo. Eran publicaciones «virulentas y propagandísticas» que entre 1936 y 1938 fueron armas de apoyo del bando nacional para anatemizar al enemigo. A diferencia de ellas (que acabarían fusionándose en Flechas y Pelayos), los cientos de tiras de corta vida de las llamadas revistas de trinchera, en las filas de la República, pretendían educar y entretener al combatiente, expresar la solidaridad entre el frente y la retaguardia y llamar la atención de las potencias extranjeras.

Remontándose a aquellos años empieza el francés Michel Matly el completo, riguroso y profusamente ilustrado ensayo El cómic sobre la guerra civil (Cátedra). Matly, ingeniero químico y amante de la viñeta, ya dedicó al tema su tesis doctoral y numerosos artículos. Él, que alcanzó «la edad adulta en los 70» y no pisó la España de la dictadura, se casó con una española. Ahora documenta y analiza cómo, desde el inicio de la contienda hasta prácticamente hoy, 500 obras han abordado la guerra civil en los últimos 80 años. Desde los 70, estima que han sido 350 (8.000 páginas; 150 álbumes y 200 historias cortas) de 250 autores. Aunque el 60% de las que estudia son españolas, no olvida las publicadas en otros 14 países, principalmente en Francia, Argentina, Italia y Estados Unidos.

«A pesar de los esfuerzos reales por relegar la guerra civil al pasado y al olvido, su memoria permanece viva, y conflictiva, en España, por supuesto, donde casi no hay familia que no conserve las heridas», pero «también entre los descendientes del exilio republicano», constata Matly, quien además del recorrido cronológico dedica atención a tres «temas sensibles»: la violencia contra civiles, y contra mujeres en particular, la Iglesia católica -en «su doble dimensión de violencias perpetradas contra ella y de su alianza y complicidad con el franquismo» y el exilio y la cárcel.

Con la excepción del citado miliciano rojo, con las manos rojas de sangre de sus víctimas, la violencia contra civiles es casi inexistente en el cómic español (que no en el argentino) hasta los 80, cuando, según Matly, es denunciada, tanto la de un bando como la del otro, por «estúpida y gratuita». Quien más la expone en los años 2000 es, condenándola, Carlos Giménez. El dibujante, que desde 1975 viene regresando a su infancia en un Hogar del Auxilio Social de la dictadura en sucesivas entregas de la magna Paracuellos (la última, el año pasado), la reflejaba en la portada del primer tomo de Malos tiempos 36-39, donde una mujer clama que no le maten al marido, al que se llevan detenido, o en montones de cadáveres de asesinados. Imágenes de la represión que también evoca Sento en Un médico novato, sobre las vivencias de su suegro, o Miguel Gallardo en Un largo silencio, sobre las de su padre. Los autores españoles apenas tocan el tema de la violación, pero sí destaca Matly las humillaciones a republicanas, rapadas y desnudadas, en Y tú, ¿qué has hecho por la victoria?, de Víctor Mora y Alfonso Font, y cómo la miseria obliga a las mujeres a prostituirse, mostrando una cruda secuencia del propio Font en La broma, donde una niña ofrece su cuerpo a cambio de un poco de sopa.