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jueves, 9 de enero de 2020

ABC:Javier de Isusi: «No se valora la capacidad de crear cultura que puede tener un cómic»


 Arquitecto de estudios, pero dibujante de vocación, Javier de Isusi (Bilbao, 1972), gracias a su esfuerzo y de huir hacia adelante, ha podido conseguir aquello que se propuso. Primero dejó su trabajo como arquitecto y emprendió un viaje que le llevó durante un año a recorrer parte de Latinoamérica; y, al volver, decidió hacer lo que más quería desde pequeñito, dibujar cómics, contar historias con dibujos. Y vaya si lo ha logrado.

Se ha convertido en uno de los autores españoles con mayor proyección y solvencia del panorama actual del cómic nacional, con una carrera que se va acercando a los veinte años, ya ha publicado numerosos títulos de los que algunos han sido galardonados. Entre sus últimos trabajos está La divina comedia de Oscar Wilde (Astiberri), un relato gráfico que representa esos límites para imaginar lo que podría haber pasado por dentro del alma del escritor irlandés, en esos tres últimos años de su vida después de salir de la cárcel de Reading.

¿Cómo un licenciado en Arquitectura llega a convertirse en ilustrador y autor de cómics profesional?

Por pura vocación y necesidad. Siempre quise hacer cómics, desde pequeño, y de hecho los hacía en casa con mis hermanos. Si estudié arquitectura fue porque, en su momento, ni siquiera me permití imaginar la posibilidad de dedicarme profesionalmente a los cómics. A medida que iba acabando la carrera iba descubriendo que lo de contar historias era más que un hobby, era una necesidad. Finalmente encontré las ganas (o la desesperación) necesarias para lanzarme a intentarlo… y en ello sigo, dieciocho años después. Así que tal vez la pregunta debería ser al revés: ¿cómo un autor de cómics vocacional consigue acabar una carrera tan larga como es la de Arquitectura?

¿Qué significa para usted dibujar?

Dibujar es expresar. Dibujar es fluir. A mí el dibujo me sirve para contar cosas dejando que la mano vaya por delante de la mente. No es un camino que salga de manera automática, mi tendencia natural era la inversa, que la mente mandara órdenes a la mano. Desde hace unos años voy soltándome más y más… y es ese camino el que me interesa y quiero seguir.

¿Qué requisitos considera necesarios para ser un buen dibujante?

El primero es observar. Un buen dibujante tiene siempre una mirada propia. No hay que confundir ser un buen dibujante con ser un dibujante virtuoso. El virtuoso puede tener una gran capacidad de realizar dibujos bellos y técnicamente impecables, pero eso no conlleva necesariamente que transmitan algo. El hecho de que transmitan, que sus dibujos lleguen al espectador, depende mucho más de la mirada que tengan. El segundo es fluir, dejarse llevar, intentar no controlar todo el proceso. Dejar que la mano nos sorprenda, permitirse el error. El tercero es trabajar. Tanto la mirada como el fluir son cosas que algunos pocos tienen de manera innata, pero que para la mayoría de la gente se trabajan. Dibujar y dibujar y que las musas te pillen dibujando. Y un cuarto requisito es disfrutar, por supuesto. Pero eso vale para la vida en general.

¿Qué es lo que más le inspira para su trabajo?


Tal vez el mayor acicate que encuentro, lo que más me inspira y anima a dibujar es ver el trabajo de otros grandes dibujantes. Por ejemplo, y ciñéndonos al medio del cómic, cada vez que leo un cómic de Gipi me entran unas ganas locas de ponerme a dibujar. Otros, en cambio, si los veo demasiado buenos e inalcanzables, me deprimen porque veo que nunca llegaré a hacer algo así.

¿Qué errores o «trampas» debe evitar un ilustrador cuando trabaja en un proyecto?

En ilustración es fundamental que dibujo y texto no cuenten lo mismo, que no se repitan, porque entonces uno de los dos sobra. Otra trampa para mí es la trampa de la moda, dibujar ciertas cosas de una manera determinada simplemente porque es lo que se lleva en ese momento. Ahí el ilustrador no está conectado consigo mismo sino simplemente con el mercado. Esa es la mayor garantía de que la obra va a envejecer muy rápido y muy mal. Otra trampa es la contraria: hacer obras sólo para uno mismo sin tener en cuenta al público. No hay que perder de vista que, como ilustrador, tus dibujos están al servicio de una historia para llegar al público, no para tu propio disfrute. Como siempre, se trata de buscar un equilibrio.

Defina el cómic

El cómic es arte secuencial. Por medio de imágenes secuenciadas -esto es, que tienen sentido viéndolas en una secuencia determinada con un orden determinado- se cuenta una historia o se transmite un mensaje. Las imágenes pueden ir acompañadas de texto, pero eso no es obligatorio.

¿En dónde podemos encontrar la belleza de un cómic? ¿Qué lo hace grande?

Como todo arte, lo que lo hace grande es la capacidad de transmitir cosas al lector, ya sean ideas, historias, emociones… y es más grande cuando más logra conmover al lector. Eso se logra, en parte, a través de una narración eficaz. Por encima de la excelencia del dibujo o del texto (muy importantes, evidentemente), es fundamental que el ritmo, la secuencia de imágenes y letras, y la composición de la página vayan de la mano con el contenido. Y ahí viene la otra parte: el contenido. Por encima de habilidades técnicas, para que una obra sea grande y bella es imprescindible la honestidad del creador con su obra. Que lo que se cuente sea de verdad, que surja de las entrañas del autor, ya sea una obra de aventuras o de denuncia, eso es lo de menos.

¿Cuál es el atractivo para usted a la hora de crear un cómic?

Contar. Transmitir. Y mientras lo hago, descubrir en el proceso lo que estoy contando. La elaboración de un cómic para mí es siempre un proceso de crecimiento en el que voy descubriendo cosas mientras lo hago. A veces lo que descubro son cosas simples como datos o técnicas distintas, pero otras veces son descubrimientos profundos que tienen que ver con la vida.

Cuando lee un cómic. ¿Qué no soporta ver?

No soporto cualquier cosa que te saque de la lectura. Sobre todo que el orden de lectura no esté claro, pero también cosas menores como las faltas de ortografía, por ejemplo. Y también me molesta que al ver los dibujos estés viendo el proceso de dibujo en vez de ver la historia. Eso pasaba mucho antes con algunos coloreados por ordenador (¡esos abusos de los degradados!), pero también me ocurre en detalles tontos como cuando se ve la textura del papel de acuarela con su granulado.

La posición de guionista y la de dibujante son dos posiciones contrapuestas que en el cómic se complementan, uno emplea la palabra y el otro la imagen. ¿Cómo se llega al equilibrio entre estas dos figuras necesarias a la hora de emprender una nueva obra?

Lo primero, y fundamental, es que el estilo de dibujo vaya acorde con el texto. El estilo de dibujo, las proporciones de los cuerpos, los colores que se usan… todo nos habla de un tipo de historia que tiene que ir al unísono con lo que el texto nos cuente. En el cine es comparable a la función de la banda sonora, imagínate una escena de alta tensión con música cabaretera… No funcionaría. Por otra parte los textos tienen que ser tratados de una manera gráfica, son también elementos visuales que tienen que encajar dentro de los dibujos interrelacionándose con ellos, no puedes hacer los dibujos sin más y después insertar los textos donde quepan. Dibujos y textos tienen que fluir, interrelacionarse, como si estuvieran haciendo juntos una danza.

¿Qué es más difícil, ilustrar un texto ya sea clásico o contemporáneo, o empezar una obra desde el guión a las ilustraciones?
Todo depende de cómo te sientas ante esa obra. Tienes que hacerla tuya. Si la haces tuya te resultará fácil, pero si no, aunque hayas hecho tú el guión -supongamos que es una obra de encargo que nunca te convenció- el dibujarla va a resultarte farragoso.

¿Cuál es el proyecto soñado en el que le gustaría trabajar y todavía no ha llegado?

Una historia de fantasía y aventuras. Acción, héroes con poderes sobrenaturales, posiciones acrobáticas, decorados inventados… Vamos, el tipo de historias que copan el mercado de los cómics, pero con una trama que a mí me interese y que se escape de la fórmula. Echo de menos esas historias, hacerlas y leerlas. Casi todas me saben a refrito. Pero vamos, que no me salen, porque las veces que he intentado colar alguna de esas en alguna editorial no han funcionado.

Háblenos de uno de sus últimos proyectos: La divina comedia de Oscar Wilde (Astiberri). ¿Cómo y por qué surgió este proyecto? ¿Cómo fue el proceso de la obra?

Surgió a partir de la lectura del libro póstumo de Wilde, escrito cuando estaba en la cárcel: De profundis. En el, Wilde detalla cómo fue su caída de lo más alto de la gloria social a la más profunda ignominia y expresa su deseo de iniciar una nueva vida. Pero sabemos lo que ocurrió con él después de salir de prisión: no volvió a escribir más que un poema y murió tan sólo tres años después, desahuciado a nivel social y fuertemente alcoholizado. Sin embargo nadie puede saber lo que pasa por dentro de una persona, sobre todo si esa persona es alguien tan complejo como Wilde. Mi libro surgió de preguntarme «¿Y si sí consiguió alcanzar esa nueva vida que él soñaba, sólo que por fuera eso no se podía ver?». Y ahí empecé a buscar a dos niveles. Por una parte a nivel de documentación, leyendo lo que otros contaron del Wilde en su fase final y releyendo toda su obra. Y por otra parte a nivel creativo, recreando ese final de su vida rebuscando en él los destellos de luz que sin duda tuvo.

¿Por qué eligió a Oscar Wilde y sus últimos años?

Bueno, en realidad no tengo la sensación de haberlo elegido yo… Me pasa con casi todas mis historias, no tengo la sensación de haber elegido hacerlas sino de haber aceptado hacerlas. La historia llama a tu puerta, te dice «cuéntame» y… Sí, acepté contarla, pero porque sentía que era la historia que me tocaba contar en ese momento. Es un ejercicio de honestidad conmigo mismo como creador. En cualquier caso, y por no escaparme de tu pregunta, te diré que no me interesa mucho el Wilde triunfador, el gran histrión que se paseaba con aires de suficiencia por el mundo cuando éste estaba rendido a su genio; me interesa muchísimo más el Wilde roto, ese Wilde al que le han descacharrado su personaje y entonces se da de bruces con el dolor. Y a partir de ahí descubre cosas que antes no había podido ver.

En la obra predominan los colores terrosos y cálidos junto con grises, ¿qué papel juega el color en esta obra en particular y en las demás en general?

El color, igual que dibujos y texto, tiene que estar al servicio de la narración. El color como elemento decorativo me interesa muy poco, siempre lo uso de una manera narrativa. En este caso la elección de ese color sepia era muy sencillo: automáticamente nos remite a las fotografías de finales de siglo XIX, creo que al abrir el libro, sólo por la imagen que tiene, el lector se sumerge de lleno en esa época, que es la que retrato.

¿Qué le diría al lector para que lea este cómic? ¿Qué sensaciones o sentimientos ha buscado transmitir?

Si no conoce a Oscar Wilde le diría que lo lea para conocerlo, sin duda merece la pena. Y si sí lo conoce le diría que lo lea también, porque va a ser como reencontrarse con un amigo, incluso si nunca lo ha considerado como tal. Probablemente va a descubrir cosas que no conocía. En cuanto a las sensaciones que he intentado transmitir… Muchas y muy variadas, pero una de las más importantes es mostrar lo poliédricos que somos, que en la misma persona caben maneras de estar en el mundo muy variadas. Y otra es la importancia de la amistad, cómo nos retratan los amigos que tenemos. Algo muy especial debía tener Oscar Wilde para que algunos de sus amigos permanecieran tan fieles a él cuando para muchos se había convertido en un despojo desagradable.

Usted es principalmente un autor completo. De los proyectos que ha realizado hasta ahora, ¿hay alguno del que se sienta más orgulloso?

Ja, ja, esto es como pedirle a un padre que diga a cuál de sus hijos quiere más. De todos los que he realizado como autor completo me siento muy orgulloso, cada uno tiene elementos muy especiales para mí que otros no tienen… Pero te voy a responder con una frase que decía un profesor que tuve en la carrera cuando algún cliente le preguntaba cuál era su mejor proyecto. Él respondía siempre que el mejor era el que estaba haciendo en ese momento, porque era el que condensaba todo el conocimiento adquirido. En fin, según esa respuesta tendría que decir La divina comedia de Oscar Wilde. Y no me parece mal.

¿Qué opina del panorama actual del cómic en España? ¿Se valora el dibujo y a los autores lo suficiente?

España está viviendo una especie de Edad de Oro a nivel de cómic. Es impresionante la cantidad y variedad de obras de gran calidad que están apareciendo en los últimos años en este país. Y eso está ocurriendo a pesar de que no hay una industria ni un mercado que lo sustenten. A los dibujadores y a los autores se les valora mucho a nivel individual, pero no a nivel social. Quiero decir que tenemos mucho reconocimiento a nivel personal, ¡queda muy bien presentarte a alguien diciendo que eres autor de cómics! Pero eso no está acompañado de un reconocimiento social, no se valora la capacidad de crear cultura que puede tener un cómic porque hablamos de un medio de expresión que hoy en día es bastante marginal. Y por ende tampoco hay un reconocimiento económico: somos poquísimos los que podemos sobrevivir haciendo sólo cómic. Sin embargo no lo digo como queja, nadie nos obliga a hacer este trabajo. El problema es un simple problema de cantidad de lectores, si no hay quien compre cómics, no hay cómo pagar a quien los hace. Nos toca, a cada uno de los que estamos en este medio (autores, editores, distribuidores, divulgadores, etc.), trabajar porque poco a poco vaya aumentando esa masa crítica de lectores de cómics.

¿Actualmente, se está acercando el cómic a una pretensión más artística?

Yo creo que lleva en esa senda desde hace ya unos cuantos años, prácticamente desde finales de los 90. Antes los dibujantes tenían que hacer un tipo de dibujo de una escuela determinada: americana, línea clara, manga, narizotas… Era una imposición editorial. Ahora puedes hacer casi lo que te dé la gana y, si es bueno, encontrarás quien te lo publique. Y puedes encontrarte con que cómics alejados de lo que antes era la norma y, por tanto más personales o artísticos, se convierten sorprendentemente en best-sellers. En ese sentido fueron paradigmáticas obras como Maus o Persépolis, hicieron cambiar la percepción a las grandes editoriales, que se dieron cuenta de que otros tipos de dibujo podían llegar a tener un mercado incluso mayor que el tradicional.

Desde hace unos años los cómics de toda la vida se venden también en librerías no especializadas. ¿Ha ayudado cambiar el término en algunos formatos por el de novela gráfica?


Sí… Es que el medio del cómic, durante mucho tiempo, lo que tuvo más cercano a un equivalente literario eran las novelas pulp, esas obras hechas a destajo para consumo rápido con historias hechas (con mayor o menor arte) bajo unos patrones muy rígidos definidos por las editoriales. No existían apenas, en cómic, obras equivalentes a las obras artísticas de la literatura, hablo de obras personales donde el autor se vuelca. Era bastante lógico que en las librerías serias no hubiera cómics como tampoco había novelitas pulp. Eso era para los kioscos. Cuando Will Eisner acuña el término «Novela gráfica», intenta definir precisamente un tipo de cómics realizados de otra manera, unos cómics en los que el autor olvida las imposiciones industriales y hace una obra más personal, más cercana en ese sentido a la literatura. Poco a poco el término ha ido teniendo éxito y, es cierto, ahora ya encuentras novelas gráficas en las librerías generalistas. Y a veces, la novela gráfica incluso ha tirado de otro tipo de cómics de toda la vida, sí.

Para terminar, ¿qué libro o libros recomendaría leer a todo ilustrador?


Para ilustradores… Diré tres: El viaje, de Edmond Baudoin, El caminante, de Jiro Taniguchi, y S, de Gipi. Aparte, me permito transmitir un par de lecciones que yo recibí: Estafados, de Alex Robinson, para ver cómo un dibujante no muy dotado puede ser un excelente narrador. Y Portugal, de Cyril Pedrosa, para ver cómo un magnífico dibujante puede llegar a hacer de una historia casi inexistente una lectura deliciosa.