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miércoles, 25 de marzo de 2020

Así narró Uderzo el nacimiento de Astérix


Estamos en el año 1959 d.C. Toda la Galia está invadida por las producciones de cómics norteamericanas que ocupan las revistas destinadas a los jóvenes. ¿Toda? ¡No! El pueblo belga, que de todos los pueblos de la Galia es el más fuerte, según dijo el mismo Julio César, resiste todavía y siempre resistirá a la invasión y le hace frente con autores de talento.

Surgió entonces entre nosotros el José Bové «vercingetoriano» de los cómics, un tal François Clauteaux. Se dirigió a algunos autores y dibujantes sedientos de trabajo y ansiosos del más mínimo alimento terrestre. «Señores. ¡Yo tengo niños que son alimentados eternamente por los ilustrados (así se les llamaba entonces), que sólo hablan de una cultura que no es la nuestra! ¡Me parece inconcebible y deplorable! ¡También he decidido crear una revista que narre sólo aventuras de héroes de nuestro país! Les confío la realización. ¿Están de acuerdo?».

¡Por supuesto que estaban de acuerdo, esos desconocidos genios de la pluma y el pincel, que entreveían por fin en el horizonte de su tablero de dibujo un futuro menos incierto! Así nació, el 29 de octubre de 1959, la nueva revista «Pilote», con una única consigna: ¡Permanezcamos franceses!

Hoy día esto podría parecer un tanto xenófobo, aunque entonces no lo era. Y fue en esta nave piloto, en la que nosotros éramos los únicos capitanes después de Dios, donde Jean Michel Chartier, René Goscinny, yo mismo y muchos otros creamos series que algunos consideran hoy nada menos que la Edad de Oro del cómic francés, y fue allí donde nació naturalmente este pequeño galo tiñoso, aunque mi amigo Henri Salvador, al que adoro y admiro, persiste en creer y decir que los autores de Astérix tuvieron la idea escuchando su canción «Nos ancêtres les Gaulois» («Nuestros antepasados los galos»), lo cual no es cierto.

Por otra parte, no habría que avergonzarse de ello, sólo que esta idea surgió de forma natural a partir de nuestros primeros recuerdos escolares de nuestros libros de Historia de la Francia de entonces, que relataban de forma muy sucinta este período de tiempo tan interesante. Así fue como pusimos manos a la obra sin sospechar las felices consecuencias que resultarían de ello. Afortunadamente, porque ¿habríamos perdido tal vez esa espontaneidad, esa libertad que nos ha divertido tanto?

Yo he dicho a menudo que estábamos mal pagados, pero que no nos importaba. Hoy día, aunque solo, sin mi compañero de viaje, desaparecido demasiado pronto, y aunque mucho mejor pagado que antes, siento aún un enorme placer al hacer revivir a esos pequeños hombrecillos de papel cuya única preocupación ha sido siempre intentar divertiros. Ahora, quizá lo sepáis, esperan volver a encontraros en un nuevo álbum. Hasta pronto, pues.