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lunes, 6 de marzo de 2017

El País:Will Eisner: del superhéroe al cómic literario


Estas palabras fueron pronunciadas hace 76 años: “Vivimos una época muy gráfica y visual, y la gente ya no está dispuesta como antes a dedicar tiempo a la lectura de textos largos”. Queda claro su carácter premonitorio. Son unas declaraciones realizadas en 1941 por Will Eisner al coleccionista y experto en comics John Benson, recogidas por el diario estadounidense The Philadelphia Record. Hacía un año que este pintor, ilustrador, guionista y editor, uno de los más grandes genios que ha regalado la historia del cómic, había dado vida a su personaje fetiche, el superhéroe The Spirit, en una cadena de periódicos de EE UU. Sin embargo aún faltaban casi cuatro décadas para que pusiera los cimientos de lo que sería un nuevo género dentro del mundo de la historieta y, al cabo, una nueva forma de expresión narrativa: la novela gráfica, que nace con su libro Contrato con Dios en 1978.

Mañana lunes se cumplirán 100 años del nacimiento de Will Eisner (Brooklyn, Nueva York, 1917–Lauderdale Lakes, Florida, 2005), y sus lectores y sus editores lo celebran con exposiciones, reediciones de sus clásicos y nuevos títulos. El Museo del Cómic de Angulema (Francia) y la Sociedad de Ilustradores de Nueva York acogen de forma paralela la Exposición del Centenario, con una mareante profusión de originales que abarca 70 años de carrera. El catálogo de la doble muestra, en edición bilingüe francés-inglés, es un tesoro para cualquier seguidor de Eisner (puede adquirirse por 49 euros en www.willeisner.com) . En España, Norma Editorial reeditará obras clave como la trilogía de Contrato con Dios, Nueva York. La vida en la gran ciudad, La vida en viñetas o La conspiración. La próxima edición del Salón del Cómic de Barcelona acogerá, además, una exposición sobre el autor.

Ya era una rutilante estrella en Estados Unidos y en el extranjero cuando escribe y dibuja A Contract with God. Se podría haber dedicado a sestear junto a la piscina de su casa de Florida y vivir de rentas gracias a The Spirit, aquel superhéroe enmascarado, seductor, algo tontorrón y sin poderes, un antihéroe más bien, “un joven de clase media que lucha contra el crimen”, según su propio creador.

Pero Will Eisner tenía una misión, y era precisamente esa: inventarse un género y demostrar que con pocas palabras bien dichas, una maestría sin falla en el dibujo y una extraordinaria capacidad de síntesis y de puesta en página podían contarse las historias más complejas y sórdidas. Es decir, Contrato con Dios y toda su desoladora marea de hijas muertas, pobres perros de la lluvia, la miseria económica de la Depresión post-29 y toda las dosis de miseria y dignidad morales que uno quiera imaginar, todo ello incrustado entre los tenements del Bronx. Un canto judaísta y una oda contra el antisemitismo. Había nacido el cómic para adultos y este hijo de inmigrantes judíos sin mucha fortuna lograba ejecutar su plan: “Editar un cómic que, en las tiendas de libros, se exponga en el departamento de novela y no en el de entretenimiento y libros infantiles”.

Hay que decir que los argumentos le dieron la razón. Sobre todo en la saga de The Spirit utilizó el tradicional cimiento de la novela negra y el thriller salpicados de malvados y femmes fatales pero aderezados con una marcada distanciación irónica y, en general, una vocación de pintura psicológica y sociológica. En cuanto a sus novelas gráficas, Eisner quiere contar el qué pero además le obsesiona el cómo: pobres diablos errando bajo la lluvia como metáforas de soledad en mitad de la muchedumbre, el perenne trasfondo del judaísmo (su dimensión no desmerece un ápice de la de grandes narradores judíos estadounidenses del siglo XX como Saul Bellow, Philip Roth, Woody Allen o Isaac Bashevis Singer), la impotencia del débil ante el poderoso, la hecatombe familiar… todo perfumado con algunos efluvios de humor negro para diluir la tragedia.

En lo formal, un artista con mayúsculas a bordo de una mesa de dibujante: su forma de disponer las viñetas revolucionó el género; sus insólitos encuadres y perspectivas se aproximaron en ocasiones a la herramienta cinematográfica de un Hitchcock o de un Welles; su grafismo, su rotulación, sus escenografías urbanas de callejones, sótanos, escaleras y ropa tendida; sus inquietantes efectos de sombreado gracias al uso de pinceles, solo pinceles japoneses de primera calidad, como los cientos que le compró a su proveedor habitual en cuanto supo que Pearl Harbour había sido atacado,sabedor de que durante mucho no podría encontrarlos en Estados Unidos.