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miércoles, 16 de octubre de 2019

El Spirou más histórico


Bélgica, es uno de los países europeos más pequeños y densamente poblados, y ha sido, desde su independencia en 1830, una democracia representativa encabezada por un monarca constitucional hereditario. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Bélgica emergió del lado victorioso, pero el país quedó devastado después de años de ocupación y guerra, por lo que se convirtió en nación neutral en la década de 1930.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, el gobierno belga reiteró su postura neutral el día 3 del mismo mes y año. Dos meses después, el 7 de noviembre, el rey Leopoldo III de Bélgica y la reina Wilhelmina de los Países Bajos declararon conjuntamente la neutralidad de sus naciones, pero con la voluntad de actuar como intermediarios para las negociaciones de paz.

El 10 de mayo de 1940, Alemania invadió los Países Bajos, que incluían Bélgica, a pesar de la neutralidad declarada. Los gobiernos holandés y belga inmediatamente solicitaron ayuda a Gran Bretaña. Fue seguida rápidamente la ayuda por la llegada de tropas francesas. Pero cuando las fuerzas aliadas británicas y francesas intentaron enfrentarse a las divisiones alemanas que irrumpieron en Holanda y Bélgica, aviones alemanes procedieron a bombardear Bélgica, Holanda, Francia y Luxemburgo, y tropas alemanas desde el aire se lanzaron en paracaídas sobre Rotterdam, Leiden, y La Haya. Más tropas alemanas, desembarcaron y se apoderaron de los puentes belgas a través del Canal Albert, un canal de navegación ubicado en el noreste de Bélgica que servía como línea defensiva.

El ejército holandés fue derrotado en cinco días. Un día después de la invasión de Bélgica, la guarnición en Fort Eben-Emael se rindió. El rey Leopoldo III capituló el 28 de mayo y permaneció en Bélgica como prisionero, ambas acciones fueron en contra del consejo del gobierno belga, que finalmente huyó a Burdeos, mientras que Francia actuaría como un gobierno en el exilio, uniéndose a los Aliados.

En este contexto histórico el dibujante y autor de cómics Émile Bravo (1964, París), nos trae al Spirou más histórico y comprometido. Publicado en varios volúmenes (todavía por publicar tres) comenzó esta aventura con «Diario de un ingeniuo» (Dibbuks) en el que el joven botones, trabaja en el Hotel Moustique en Bruselas. Un hotel frecuentado por estrellas, famosos y por alemanes y polacos que intentan evitar la invasión. Pero también por Fantasio, un periodista que quiere ser el mayor reportero de la historia.

Continúa sus peripecias en los albores de la Segunda Guerra Mundial con el segundo volumen titulado «La esperanza pese a todo» (Dibbuks). Aquí Bravo a través de «su» Spirou, hace un recorrido por el momento previo a la invasión alemana y los bombardeos sobre Bruselas. En una trama muy bien realizada, y sobre todo, ejecutada de forma magistral por el dibujo de línea clara en el que no se le escapa detalle. Traza un retrato de un Spirou antihéroe que busca ayudar, y que sin querer se mete en problemas, eso si, en su mayoría por la culpa de su despistado amigo Fantasio. Reclutado por el ejército belga al que no consigue reengancharse.

Emile Bravo toca temas históricos de forma sutil como las detenciones de ciudadanos alemanes residentes en Bélgica, o las deportaciones de judíos junto a ese colaboracionismo con los nazis mediante la figura del despistado Fantasio, que sin saberlo se mete otra vez a reportero en el periódico Le Soir, dirigido por un personaje algo oscuro.

Según algunos historiadores, Bélgica ayudó activamente a las fuerzas alemanas ocupantes a reunir y deportar a la población judía del país durante la guerra. Sin embargo, las autoridades belgas no sabían en el verano de 1942 que los judíos deportados a Polonia estaban siendo exterminados. Unos 50.000 judíos vivieron en Bélgica en la década de 1930. Aproximadamente la mitad fueron asesinados durante el Holocausto.

Bravo se había hecho cargo en 2008 de un Spirou a la deriva, huérfano del genial Franquin, a pesar de algunos éxitos, no había terminado de convencer a los entusiastas. Con «El diario de un ingenuo» mostró a un torpe botones en vísperas de guerra. Si, por ignorancia o estupidez, Fantasio comienza, como el creador de Tintín, una peligrosa colaboración con Le Soir, «robada» por los alemanes, Spirou, sin heroísmo grandilocuente, aprende a tomar sus primeras decisiones como un joven libre, en diálogo algo remoto pero perceptible con Tintín, por lo que «su» Spirou es un Tintín que se da cuenta de que algo grave está sucediendo realmente.

En definitiva. Este es de los «Spirous» más adultos que he leído, es decir, aquel en el que la trama está más hacia un contenido más dramático, sin descuidar el humor, en el que se promueve la identificación con un Spirou todavía lleno de certezas, que siente hambre y miedo, y no siempre comprende lo que está jugando a su alrededor. Bravo ofrece un cómic inquietante e indispensable. Muestra que los cómics franco-belgas aún pueden mostrar, cuando lo deseen, obras maestras que ayudan al transito de la adolescencia a la edad adulta. «La esperanza pese a todo» lleva a Spirou a una pléyade imaginaria de cómics con las siguientes capítulos a publicar después de «Un mal principio»: «Un poco más cerca del honor», «El principio del fin» y «Un final y un nuevo principio».